ASUNTOS PENDIENTES

Muchos piensan que la rebeldía es un patrimonio occidental, que los grandes rebeldes nacen en occidente y que además luchan por los derechos humanos, la democracia y la libertad.

China tiene una vieja tradición de rebeldes justicieros, bandoleros y caudillos subversivos; la literatura clásica china está plagada de estos personajes que se rebelan contra la autoridad, intentando destronar a mandarines corruptos, y luchando contra el poder absoluto del imperio, y contra las reglas establecidas. Burdos, implacables, violentos, despóticos, frecuentemente solitarios, sus vidas suelen tener finales trágicos, mártires que sucumben a la omnipotente autoridad del imperio.

Después de vivir casi diez años en Estados Unidos Ai Weiwei regresa a China en el 93 a visitar su padre enfermo. Decide probar suerte en su país haciendo su arte, diseños, instalaciones, videos, fotografía, todo ello probando siempre los límites de lo permitido, pero sin sacrificar su personalidad provocadora y rebelde.

EL Pekín de los 90 no era Manhattan. Ambas ciudades de asfalto, de monstruosas dimensiones, ambas el centro del mundo, y devoradoras de gente. Pero, si Nueva York era el reino de la expresión del individualismo, Pekín seguía librando batallas para mantener el poder de lo colectivo y dando pequeñas concesiones de libertad a la gente común y corriente.

En esos años Ai se casó con una artista de Sichuan, Lu Qing, una chica delgada de rasgos finos especializada en pintura con tinta china. Construye su estudio, es socio en el desarrollo urbanístico de su barrio de artistas, participa en exposiciones internacionales, publica libros, hace música, diseña, esculpe, decora edificios modernos. Hasta el 2008 todo iba bien.
China promete para los Juegos Olímpicos mayor apertura y más libertad, promete en transformarse en una ciudad cosmopolita y en un gobierno “más democrático”.

Weiwei responde con un diseño: el “Nido”, que sería el estadio principal de los Juegos Olimpicos de Pekín en el 2008.

Antes de los juegos tembló la tierra en Sichuan, una provincia al sur de Pekín y miles murieron, sobre todo escolares que fallecieron bajo los escombros de escuelas colapsadas, mientras edificios oficiales se mantuvieron en pie. Las familias protestan, demandan al gobierno investigar la corrupción en el uso de los fondos destinados a la construcción de escuelas.

El escándalo se destapa meses antes de los Juegos Olímpicos y la respuesta del gobierno es implacable, encarcela a activistas y gente involucrada con las protestas, y silencia a los padres.

Ai Weiwei salta a la escena yendo al centro del ojo del huracán, junto con abogados, activistas, armados con cámaras de fotos y videos teléfonos móviles llegan a Sichuan y se enfrentan a la policía. Ai Weiwei es golpeado. Termina en un hospital con heridas en la cabeza y con un aparente traumatismo cerebral que se le detectará más tarde en Alemania.

Ai, en la mejor tradición de los mártires chinos decide enfrentarse al gobierno con todo lo que tiene, que no es poco. Decenas de miles de seguidores en los medios sociales, una gran influencia en la clase media, intelectuales y artistas, contactos con la élite de la inteligentzia, el legado de un padre reivindicado por el Partido Comunista, y también los medios. Todo esto le protegía a él más que a nadie.

Le da rienda suelta a la provocación, las ganas de rebelarse y saldar cuentas pendientes, las ganas de mostrar el dedo al poder.

Me recuerda Ai Weiwei mucho a esos bandoleros de las novelas chinas, esos temerarios despóticos que se enfrentaban al poder con el ímpetu de una mariposa que se lanza a las llamas buscando la luz y muere devorado por ellas.

No sé cuantas veces los ojos de occidente querrán encontrar en China, o en otras culturas, los equivalentes de sus propios mitos. Cuantas veces querrán encasillar la realidad de otra cultura y adaptarla para que sea más digerible o que corresponda con una narrativa que le conviene. No sé hasta qué punto nuestros propios ojos nos traicionan cuando interpretamos los otros mundos. No sé si Ai es un defensor de la democracia, libertad, derechos humanos, o es más bien un mártir-bandolero-rebelde, caudillo despótico que vive rodeado de gatos y perros, que hospeda jóvenes aprendices, bebe whisky, tiene un gusto por el juego, la buena comida, las mujeres, un agudo talento para los negocios, control de los medios, que disuade, persuade, y que sabe apropiarse de la imagen que otros le quieren imponer para lograr sus propios fines?

Ai Weiwei es más que un héroe de esos que mueren pronto.

Su madre me dijo un día cuando Ai estaba todavía desaparecido en el 2012 que la familia había pedido ayuda a todos los contactos, “incluso a la hija de Mao que viene a beber té a mi casa frecuentemente”.

En la novela tradicional china “A orillas del rio” 108 bandoleros rebeldes son marginalizados por el imperio y viven en una montaña hasta que deciden integrarse a la sociedad, el emperador les pone como condición que se enfrenten a otro grupo rebelde; el grupo de 108 bandoleros termina perdiendo a dos tercios de sus más temidos guerreros.  El emperador les tiende una última trampa y termina envenenando al lider del grupo. Los 108 bandoleros más temidos de la literatura china fueron así dominados y desactivados por el poder central del emperador.

Desactivados en China, estos bandoleros no tenían lo que existe hoy, una sociedad globalizada, acceso a medios internacionales, y luego el apoyo del mundo exterior.

Otra pieza que entra en juego, otra pieza que el gobierno central tiene que balancear para poder mantener uno de los valores más importantes para las autoridades: la unidad y la estabilidad.

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