MASAJE CIEGO

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Dongdong tiene 30 años y aún no tiene novia. Es alto, robusto, blanco, de facciones delicadas, y perdió la vista a los 15 años.

De joven quería ser soldado, sus padres campesinos sembraban maíz y él siendo hijo mayor iba a la escuela del pueblo. Recuerda esa época con poco apego. Ahora trabaja junto a una docena de ciegos y ciegas como él en un salón de masajes donde le pagan por cliente que recibe. “Nos dan una habitación donde vivimos todos juntos, pero no me dan de comer. Si no trabajo no tengo ingreso. Por eso no puedo descansar,” dice mientras se pone la túnica blanca y desdobla las toallas y sábanas blancas de un estante en el corredor.

Dongdong no está completamente ciego, fue operado varias veces después del accidente que sufrió cuando estalló el bidón de gas de la carretilla de comida donde se habían sentado a comer él y su tío. Su tío perdió totalmente la vista, y además se le destrozó parte del estomago, ahora el tío vive en su pueblo completamente desvalido.

Saca del bolsillo un teléfono móvil, lo acerca a su rostro y activa una alarma para que suene cuando termine nuestra hora de masaje.  El teléfono le marca los números con una voz digital que suena como los anuncios de los aeropuertos cuando va a despegar un avión, “próxima alarma programada para dentro de u-n-a hora”, dice la voz digital.

Gracias a ese aparato Dongdong dice que puede hacer llamadas, buscar números de teléfonos, direcciones, y enviar mensajes a sus amigos. Me muestra un cargador de baterías para el teléfono que se acaba de comprar, “es para tener el teléfono siempre funcionando, sin esto, estoy perdido, me dice”.

Son las seis de la tarde y ya ha cenado. Un tazón de tallarines calientes ha sido su comida, y quiere volver a trabajar cuanto antes, “Si no trabajo, no gano nada”, repite mientras empieza el masaje.

Me presiona la espalda, la columna con la destreza de aquel que no necesita la vista para conocer a la perfección la ubicación de los músculos, de los nervios, y de los puntos de energía. Con el pulgar me presiona la nuca y baja apretando ligeramente las manos contra mi columna como si quisiera ahuyentar con los dedos el dolor de mi cuerpo.

Dongdong tiene el don de la empatía en las manos. Hace ocho años que hace masajes, y ha adquirido la sensibilidad del que siente los dolores ajenos.

Hizo de los masajes una profesión cuando por fin perdió las esperanzas de recuperar la vista. Su madre había caído en recurrentes depresiones que seguían de huidas prolongadas del pueblo hasta que un día no regresó más. Fue entonces que Dongdong se dio cuenta que no podía contar con nadie y que tenía que valerse por si mismo para sobrevivir en este mundo.

“Mi padre casi no hablaba. Pensaba que ya no podría hacer nada en la vida, ni casarme, ni trabajar ni nada, que sólo me esperaba morir,” lanza un suspiro, “es todo cosa del destino.”

Como para la mayoría de familias chinas el hijo varón es el que sostiene a los padres en la vejez, perder él la vista era poco menos que una tragedia para la familia, abandonó los estudios y salió del pueblo a buscarse el pan por su propia cuenta.

Al principio trabajó en una recepción contestando teléfonos, luego como cargador de cajas de botellas de plástico en un hospital. Fue allí que un médico le cogió lástima y enseñó a hacer masajes, diciéndole que sería la única manera de sobrevivir siendo medio ciego.

“ME enseñó a golpes”, dice presionándome un punto en la espalda. “Sientes este punto? Esto lo aprendí a cachetada limpia. Tenía que hacerle masajes a mi maestro, él me señalaba un punto, y si me equivocaba recibía un golpe o cachetada. Así, entre golpe y golpe aprendí.”

En la sala todos ríen otra vez, como si les causara risa escarbar dentro de sus heridas.

La dueña del salón come semillas de girasol bajo una luz blanca de neón atenta a la telenovela que pasan en un televisor viejo.

Los ciegos se ríen con desenfado y comentan que salvo tener novias todo el resto poco les importa.

“Ni siquiera las chicas ciegas del salón nos quieren”, dice un muchacho delgado del fondo mientras una muchacha ciega delgada de cabello lacio y negro se sonroja, sintiéndose aludida.

Me dicen que ganan entre 4,000 y 6,000 yuanes al mes, una cantidad suficiente como para vivir bien en la ciudad.

El muchacho delgado me dice que no quiere que hablemos de cosas tristes, y me pregunta cómo aprendí el chino. Le contesto que leyendo. Me pregunta si conozco los clásicos y le cito al azar “A Orillas del Rio”.

“Ah, claro, qué personaje te gusta más?” me pregunta mientras masajea con fuerza los pies de una mujer gorda de pelo corto ondulado que parece dormitar. Le digo que Wu Song, uno de los héroes de la literatura clásica china, conocido por matar a tigres con las manos y de vengar el honor de su hermano burlado por su bella esposa. Wu Song es el símbolo chino de la masculinidad.

Conocer algo de la cultura china siempre me ha traído buenas sorpresas, ya sea en las conversaciones con gente de la calle, policías, disidentes, o con amigos, es como tener tarjeta para entrar en un club privado.

El chico delgado me dice que a ellos más les gusta el personaje de Pan Jinlian la esposa libidinosa del hermano de Wusong. Es una mujer que se enamora del hermano de su marido, un panadero enano al cual la han vendido cuando un mandarín no logra hacerla su concubina. Pan Jinlian no logra seducir al viril Wusong y cae en las manos de un licencioso hombre de negocios del pueblo que había puesto sus ojos en ella. Pan es la imagen de la sexualidad femenina.

Levanto la cabeza y veo que todos prosiguen con el masaje. La dueña sigue atenta la telenovela, la mujer de mi a lado dormita, y los ciegos siguen afanosos con los masajes.

Dongdong me aprieta con el dedo pulgar los puntos de la columna con la certeza e intuición de un curandero. Siento desaparecer los malestares, y pienso si estos ciegos estarían en este momento pensando en esta historia de Wusong, y la libidinosa Pan Jinlian.

De pronto la alarma del teléfono en el bolsillo de Dongdong anuncia que ha llegado una hora.

“Ha sonado la alarma”, me dice Dongdong, “quieres una hora más, o es suficiente?”

De pie, con el aparato en mano, su corbata amarilla y la túnica blanca, Dongdong parece más un médico que un masajista ciego. Me cuesta creer que no consiga novia.

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