UNA CIUDAD QUE HABLA

Encontré a Rui sentado en la entrada de mi patio, vestido con una camisa amarilla y un bolso verde de fotografía colgando del hombro. Nos saludamos como viejos amigos a pesar de que era una amistad reciente.

Mi anterior cita con Rui había sido un largo paseo de nueve horas por las calles de Pekín, habíamos conversado sobre arte, literatura, política, pero sobre todo de la extraña relación que tenía con su padre -un viejo comunista de Malasia que llegó a China en los 50 para participar en la revolución.

Al fallecer le había dejado una maleta llena de fotos y otros recuerdos de su juventud, y Rui quería hacer una exposición sobre esto. Fruncía las cejas como si estuviera reviviendo recuerdos tristes al hablar del padre. A pesar de su edad (ya entrado en los cuarenta) parecía alguien con un destino indefinido, un adolescente en búsqueda de una forma de expresión propia. Había estudiado literatura e historia del arte pero le interesaba la fotografía, el cine, la escritura, y también la pintura.

Pekín es una ciudad que si la escuchas te habla, te cuenta sus historias de rupturas, cambios, éxodos, fracasos, éxitos. Una ciudad llena de cuentos que emergen cuando uno se acerca a la gente. Entonces uno se da cuenta que detrás de los muros, edificios, rascacielos y avenidas Pekín es una ciudad que habla, y hay que saber oírla.

En todo eso pensaba mientras iba en bicicleta hacia la cita con él.

“Espérame aquí” le dije al verle, y subí a mi edificio a cambiarme de ropa. Él sonrió, encendió un cigarro y me apremió, “apúrate por favor que ya llevo veinte minutos esperando”.

Era el inicio del verano, hacía un calor húmedo e intenso. En el medio día que había estado en la bicicleta se me había empapado la ropa con sudor, me cambie de blusa, y me puse unas sandalias de cuero, y fui hacia la calle para encontrarme con Rui.

Al salir la entrada del patio estaba vacía, y Rui no estaba. Pensé que quizás se había ido a comprar cigarros, o que estaba cerca. Esperé un rato, envié algunos mensajes por Wechat, sin respuesta. Me puse a buscarlo, y llamé por teléfono pero tenía el celular apagado. Hice una ronda rápida por los bares vecinos, sin lograr encontrar rastro de Rui.

Pensé que me había dejado plantada, que le había surgido un imprevisto, o que quizás había tardado mucho en cambiarme de ropa. Pero, si sólo habían sido a lo mucho diez minutos! En todo caso, mis llamadas seguían sin respuesta.

Sin saber muy bien qué pensar me fui a dormir temprano.

Por la mañana me despertó una llamada desde un número desconocido, y luego un mensaje con sólo “Rui” como texto. Al marcar el número al otro lado de la línea me responde Rui con una voz sin aliento: “Hola. Viste mi mensaje? Ayer, me llevaron a tomar té”. “Tomar té” es como la gente llama popularmente a las “citas” convocadas por la policía, suelen tener lugar en las comisarías, restaurantes, cafeterías, en habitaciones de hotel, y las invitaciones suelen ser “para tomar té”.

“Tomar té?” le dije sorprendida. Me dijo que era algo largo de explicar, y que teníamos que conversar desde otro teléfono cuando “todo haya pasado”. Recordé que era el 2 de Junio, víspera del 25 aniversario de los sucesos de la plaza Tian’anmen.

Hacía un par de días la policía había detenido a un artista chino-Australiano por publicar textos en un periódico extranjero comentando el aniversario. Hacía casi dos semanas Guang, otro amigo pintor, había sido detenido por organizar una performance conmemorativa del 4 de Junio. Era una fecha tabú para el gobierno, a pesar de los veinticinco años transcurridos, esto parecía seguir siendo una herida abierta, y se sentía en la reacción de las autoridades, decenas a activistas, artistas, abogados, periodistas, e intelectuales habían sido detenidos en todo el país .

Por ello, cuando Rui me contó sobre su detención en una comisaria cerca de mi casa sentí un escalofrío en el cuerpo. Me contó brevemente que le habían quitado el teléfono, la cámara de fotos y la computadora.

Rui no quiso hablar más, me pidió conversar otro día, cambiando de teléfono y cuando las cosas retornaran a la normalidad: “Me quiero ir de este país. Estoy harto. No he hecho nada. Porqué han tenido que hacer esto conmigo? Porqué?”

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Colgué el teléfono pero seguía bajo el estupor de lo que le había pasado a Rui. Cada año alrededor de estas fechas cosas muy extrañas solían suceder pero la desaparición de Rui era algo insólito.

Rui no era un activista, era un fotógrafo, artista y escritor de crítica de arte en búsqueda de un espacio para si mismo en esta jungla que es Pekín donde residen miles de artistas llegados de todo China. No tenía la audacia de un activista, ni el interés en la política de un disidente. Por ello, su detención me pareció desmesurada.

Por otro lado, recordé que seguía detenido mi amigo pintor Guang en un centro en las afueras de Pekín. Guang había sido soldado en el ejercito en 1989, en uno de los batallones que participaron en la represión militar de las protestas civiles en la Plaza Tian’anmen.

Después de 1989 Guang decidió dejar el ejercito y se dedicó a la pintura. Todos sus cuadros y performances evocaban la memoria y el trauma de aquella época.

Lo que decían todos en Pekín es que había que esperar que pasen las fechas sensibles, y después todo volvería “a la normalidad”. Durante una semana estuve sin noticias de Rui, ni de mis otros amigos detenidos.

Ya habían pasado casi diez días, cuando recibo de pronto una llamada de Rui. Nos dimos cita en la entrada de un fast-food en el paradero de autobuses de larga distancia. Al vernos anduvimos en silencio hacia una fila de autobuses a esperar nuestro turno. Yo no sabía muy bien hacía donde íbamos exactamente, en ese momento poco importaba, por teléfono habíamos quedado que saldríamos de Pekín por unos días para conversar, y que sería en algún lugar cercano.

Por fin subimos al autobús, y recorrimos las calles de salida de Pekín en silencio comiendo uvas negras frescas hasta que me quedé dormida.

En el camino soñé con Rui. Su figura delgada y tez blanca contrastaban con su rostro fatigado y triste, tenía la expresión de derrota en los ojos, pero su voz era suave y comunicativa. En el sueño me hablaba y caminábamos juntos en la ciudad. Rui y yo no eramos amigos íntimos, pero los últimos sucesos nos había acercado y hecho cómplices.

Cuando desperté me quedé mirándole, sus ojos pequeños se escondían detrás de unas gafas gruesas y mechas de cabello color ceniza le caían sobre la frente.

Al llegar al último paradero nos cambiamos de vehículo y subimos a un taxi para emprender camino cuesta arriba hacia las montañas aledañas al pueblo. El lugar parecía idílico, filas de casas de campesinos a los dos lados de la carretera, una vegetación intensamente verde, y un cielo límpido me estaban haciendo olvidar el verdadero motivo de nuestro viaje.

Llegados al pueblo salimos a caminar por las montañas en medio de flores silvestres, viejos arboles, un cielo azul con algunas copiosas nubes blancas, y pleno sol de mediodía, a lo lejos se asomaba la Gran Muralla por entre las cimas de los cerros.

Mientras caminábamos Rui empezó a contarme lo que le había pasado el día de su desaparición.

Un coche negro se había detenido en frente de mi casa, y un hombre que se bajó del auto le hizo unas señas de subir al coche. Una vez dentro le llevaron a una comisaría donde fue interrogado durante cuatro horas. Le preguntaron sobre la visita a mi casa y si estaba relacionado al 4 de Junio. Él había estado visitando exposiciones y había tomado fotos antes de verme, y me había avisado por teléfono que vendría a “mostrarme fotos del evento”. Eso fue parte de la interrogación. Para asegurarse de que no tenía fotos “sensibles”, y averiguar de qué se trataba nuestro encuentro le habían quitado la computadora, revisado la cámara de fotos, y chequeado todos los mensajes del móvil. Sólo le encontraron las fotos de la exposición a la que había ido, que nada tenía que ver con el 4 de Junio, y algunas medicinas que llevaba en el bolso. Todo esto me lo contaba él con la voz calmada pero con cierta ansiedad, porque fumaba sin parar. De pronto, al terminar de contarme su experiencia me dice: “no puedo dejar que algo así me suceda. Tengo un hijo pequeño de un año y medio, sabes?”

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De regreso en la habitación alquilada a unos campesinos, ya era entrada la noche y no teníamos sueño. Habíamos decidido compartir habitación esa noche, era una cama grande construida con ladrillos que daba de una pared a la otra, y ocupaba toda la pieza. Rui había comprado una botella de licor barato, y bebía directamente de la botella. Me empezó a contar sobre su segundo matrimonio del cual tenía su último hijo, “quizás lo único que pueda amar en la vida son mis hijos”, me dijo, “mi generación creció sin amor, y yo he vivido toda mi vida sin amor. Cómo no voy a poder seguir viviendo así?”, dijo mientras seguía tomando directamente de la botella.

Frente a la ventana la sombra de las montañas a contra luz del cielo estrellado, y las nubes que avanzaban lentamente sobre la luna formaban un cuadro casi perfecto.

Las semanas previas habían sido de una tensión inusual, a pesar de haber estado en China muchos años no lograba acostumbrarme a todo esto. Lo veía a él, la espalda contra el muro bebiendo de la botella, y me puse a llorar.

En las últimas semanas la policía me había citado un par de veces para alertarme de no hacer reportajes controvertidos, tuve otra reunión con funcionarios con el mismo propósito. Entre tanto, los lideres chinos estaban en medio de una lucha feroz por el control del poder, las facciones adversarias estaban en plena batalla campal, y esto se percibía en la atmósfera de la ciudad. El 4 de Junio llegó y se fue sin mayores sucesos, la policía había apartado de vida pública a todos aquellos que podrían causar disturbios y durante la noche del 3 al 4 de Junio la plaza estuvo completamente vacía, desolada, sin ningún evento mayor.

EL llanto me surgió de pronto, y así me había quedado dormida.

Por la mañana pensaba en todo esto, cuando de pronto la dueña de casa entró a la habitación trayendo el desayuno. Sentada sobre la cama comentó lo bonito del día, y anunció que más tarde iría a llover. Señaló la mesa puesta con un plato de huevos fritos y un tazón grande de sopa de maíz, “coman ahora y aprovechen para dar un paseo antes de que empiece la lluvia”, me dijo mientras salía.

Observaba a Rui dormir, tenía el aspecto de un adolescente, delgado y con la tez blanca, pero el rostro marchito de un hombre mayor.

Recordé las cosas que me había contado el día anterior, sobre su matrimonio con una muchacha de Tailandia donde estuvo viviendo una época, y la nostalgia que tenía hacía su hija mayor que vivía con la madre.  En el camino a las montañas me había mostrado fotos de sus pinturas, algunos con tinta otros al óleo, los temas eran diversos, había pintado algunos retratos de los fundadores del Partido Comunista chino, pero también tenía cuadros de budas, pájaros y flores. Un gusto muy diverso. Aparte, me había contado que estaba intentando crear una comuna con un grupo de artistas. Se había vuelto a casar luego del fracaso de su primer matrimonio y había tenido otro hijo, un niño de año y medio que se parecía mucho a él me dijo mientras me mostraba una foto en el móvil.

Tumbada sobre la cama recordaba todo esto cuando de pronto él se despierta y dice, “crees que el matrimonio sea la solución a la soledad?”, y encendió un cigarrillo.

No sé si me había leído el pensamiento, o si quizás estábamos teniendo un diálogo por telepatía, pero es como si hubiéramos estado pensando en lo mismo, “no lo sé, pero no creo que sea bueno para nadie quedarse sólo, que al final es lo mismo que vivir sin amor”, le dije, y salí al patio donde hacía sol.

Con un bol de sopa en la mano me siguió al patio y me lanzó otra pregunta que surgía de imprevisto, “porqué te interesa tanto la política china?”

“Seguro que en alguna vida pasada fuiste una rebelde clandestina”, me dijo mientras comía huevos fritos que añadía a la sopa, “lo que no sé es si fuiste una comunista o del Guomindang”.

Empezó a llover, nos refugiamos en un restaurante lleno de turistas que tomaban fotos a la Gran Muralla bajo la lluvia.

De vuelta a la habitación la lluvia golpeaba con fuerza el techo y las ventanas temblaban bajo el viento. Rui vació los últimos tragos de la botella de licor. Esa noche el cielo se limpió de nubes, un sol esplendido nos acompañó al regresó a Pekín por la mañana.

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En esos días la oficina se había convertido en un pequeño refugio para mi, entre tantas detenciones absurdas sentía que era el mejor lugar para encontrar un poco de protección. Sobre las detenciones y los incidentes poco hablaba con mi familia, ellos estaban al margen de todo esto.

Por ello, este viaje por las montañas, el paisaje idílico y la compañía de Rui lograron devolverme mucha paz y sosiego. Nuestro trabajo es competitivo por naturaleza; estamos en constante estado de alerta por conseguir exclusivas y encontrar noticias, se puede decir que la rivalidad es un gafe del oficio del periodista. Sin embargo, la rivalidad puede tornarse a veces en envidia, y eso es lo peor que le puede pasar a uno cuando se encuentra en medio de las circunstancias como las que teníamos en Pekín.

Por ello temblé otra vez cuando en la oficina fui convocada por S, un compañero de trabajo, para anunciarme “nuevas medidas”. Según S yo llegaba regularmente más tarde de lo establecido y esto tenía que acabar, “entiendes lo que te estamos diciendo? Lo entiendes?”, me repitió S con una sonrisa en la cara. Tenía la mirada vidriosa, el iris dilatado y los ojos le brillaban con pequeños destellos de luz.